La necesidad de referentes
¿Cómo de importantes son los referentes? ¿En quién podemos fijarnos cuando necesitamos que se materialice la posibilidad de alcanzar algo que anhelamos o necesitamos?
La otra tarde, mientras paseaba a mi perro, escuchaba el podcast de Leire Ipas y Naia Carlos Manual de construcción, en concreto su episodio sobre la familia. En él ahondan en la idea del relato familiar (su estructura, los roles, los poderes) y analizan su repercusión cuando su definición normativa se pone en jaque, trayendo ejemplos disidentes o espacios reconquistables, como la adopción.
Entre sus referencias, aparece Poeta chileno, de Alejandro Zambra, libro que, como a otras tantas personas, me encantó y que ya nos sirvió a la investigadora, poeta y amiga María Limón y a mí en la tercera edición del festival literario Verbena para dialogar junto con otros libros sobre la estructura familiar en la literatura hispanoamericana.
Zambra ubica la padriastría como un lugar que habitar para, ocupándolo, redefinirlo.
En terapia nos encontramos con procesos de búsqueda identitaria, siendo diversos y difícilmente enumerables las razones, pero sí destacando que muchos de ellos devienen de crisis. Esas crisis, a su vez, suelen verse relacionadas con experiencias traumáticas.
El trauma necesita reconstrucción.
El individuo, en su definición, se emborrona, y pasa a ser una masa de preceptos que ahora se ponen en duda, que cambian hasta deformarse con la teoría de “lo que soy”. Por ello, la crisis necesita guía, y la guía pueden ser los referentes. A veces el referente no es alguien a quien conocer, sino una historia en la que reconocerse.
La teoría del aprendizaje social de Albert Bandura menciona que las personas aumentan su autoeficacia cuando observan a otros similares tener éxito. Y es que los modelos funcionan, y funcionan mejor cuando no parecen excepcionales, sino alcanzables. Ver a un igual superar una dificultad cambia la expectativa interna de futuro. Observar el hecho, ratificarlo a través del referente, no solo motiva, habilita cognitivamente la posibilidad.
Hay muchos procesos que necesitan una certeza (la idea de que ya se ha hecho antes): un reto deportivo, una investigación, una hazaña o, en nuestra práctica que es la clínica, la recuperación tras el daño.
En neurología se usa una técnica llamada terapia del espejo para la rehabilitación. Se coloca un espejo de forma que el paciente ve reflejada su mano sana y el cerebro la interpreta como si fuese la mano afectada. Visualmente “parece” que el miembro paralizado se mueve con normalidad.
Se trata de un proceso de neuroplasticidad guiada por percepción. Esto funciona porque el cerebro responde a los modelos predictivos construidos a partir de lo que ve y siente.
Esta terapia reactiva áreas corticales motoras post-ictus mediante la observación visual y la reorganización neuronal. Y es que el movimiento no depende solo del músculo dañado, sino del mapa cerebral que predice y organiza ese movimiento.
Tras la lesión, el cerebro tiende a inhibir el hemisferio afectado e hiperactivar el hemisferio sano como forma de compensación. El espejo permite modificar esa predicción, generando un feedback visual congruente que vuelve a implicar al lado dañado: aumenta la excitabilidad cortico-espinal y se refuerzan conexiones que habían quedado silenciadas.
El conflicto aparece porque el sistema nervioso concede más peso a la visión que a la propiocepción, y eso modifica el esquema corporal, actualizando la sensación de pertenencia del miembro.
En el cerebro, con un referente adecuado, el mapa cambia y la función puede reaparecer.
¿Necesitamos, entonces, de una manera irrevocable, referentes?
El trauma, en muchos casos, deja un poso silencioso y profundo: el aislamiento. Eso que Judith Herman describió como desconexión al referirse a uno de sus núcleos. Desconexión del propio cuerpo; desconexión de los demás; desconexión del sentido compartido de la experiencia. Una pérdida de inscripción en lo común.
Una sensación de ser el único, de vivir algo “intraducible”.
Los referentes rompen el aislamiento subjetivo.
Así, el proceso de recuperación debe contar con el reconocimiento interpersonal. Suceder en contextos relacionales donde la experiencia deja de ser única e incomprensible. Una prueba fehaciente de que la experiencia traumática (y por tanto el estigma que conlleva socialmente en la carga subjetiva de la experiencia como víctima) no expulsa del mundo.
La evidencia muestra que el contacto (directo o simbólico) con otros que han pasado por experiencias similares reduce la vergüenza, disminuye la autoatribución de rareza o defecto y permite integrar la experiencia sin que defina toda la identidad (tendencia de nuclearizar la definición personal en el evento disociativo).
Antes incluso de regular la emoción, necesitamos que la experiencia tenga estatuto de realidad compartida.
No hablo de compañía, sino de validación ontológica. Necesitamos validar la existencia misma de la experiencia. Confirmar que eso que ha sucedido pertenece al mundo humano y no es una anomalía privada incomunicable. “Lo que me pasó existe en otros cuerpos y otras vidas”.
En lo relativo al proceso terapéutico, está comprobado que el contacto con pares mejora tanto la esperanza (fe, creer), como la adhesión al tratamiento. También ayuda a la integración de la experiencia. Pasa incluso cuando esos pares “no están curados”. Ya que en los procesos terapéuticos lo considerable es la continuidad vital posible.
Desde la psicología del desarrollo y la identidad, autores como Erik Erikson y más tarde la psicología narrativa muestran que la identidad no se construye solo desde dentro, sino a partir de relatos disponibles.
Si no existen referentes la identidad se vuelve frágil, el futuro se empobrece (dificultad para proyectarse en el tiempo), aparece la sensación de estar “fuera del mundo” y se pierde la creencia del “es posible”.
Alejandro Zambra escribió un libro que ayudó a que, a través de la ficción, nos atreviésemos a imaginar la padriastría como un espacio digno, apetecible. No idealizado, pero existente. Y eso es exactamente lo que hace un referente: ensancha el mapa.
“Si no existiese habría que inventarlo”. Una aseveración locuaz para impulsarnos a proveernos de espacios en los que insertarnos, todavía inexistentes, nuevos, pero igualmente necesarios. Crear la referencia desde la falta de modelos justos, naturales, pero también proscritos.
La identidad necesita historias culturalmente disponibles, pero nosotros, como sociedad, necesitamos que estas sean figuras que encarnen las muchas formas del ser, validando, sí, pero también generando posibilidades integradoras: maneras que nos permitan formar parte. Estar dentro.
El acceso a relatos de transformación realista favorece la integración del pasado: un duelo transitado de manera exitosa es aquel que permite aceptar el suceso, la experiencia, sin estigmatizar. Impulsa el sentido de continuidad y mayor bienestar psicológico, porque avanzamos sin dejar atrás. No huimos avergonzados de lo que hemos experimentado.
La investigación sobre estereotipo y amenaza de estereotipo de Claude Steele nos acerca la idea de que, cuando un grupo solo dispone de representaciones negativas o deficitarias, se reduce el rendimiento, se empobrece la autoimagen y se limita la exploración de roles (aquí podríamos entrar en cuando políticamente o a nivel de medios de comunicación se encargan de estigmatizar grupos sociales, etnias o sexos, dejando sin referencias positivas a aquellas personas que están en construcción identitaria).
Cuando una persona pertenece a un grupo estigmatizado, su presencia misma en ciertos contextos queda en cuestión. Y el individuo, en ese espacio, deja de ser un ser que actúa para empezar a sentirse una encarnación del estereotipo: la experiencia subjetiva deja de ser leída como singular y pasa a ser absorbida por una categoría.
Esas personas, bajo la amenaza de confirmar ese estereotipo, abandonan el recorrido o su persecución del logro.
En cambio, la aparición de referentes positivos, complejos y realistas reduce el impacto del estigma, mejora el rendimiento y la perseverancia, facilita trayectorias vitales más flexibles.
Existe un sentido de pertenencia legítimo: “personas como tú existen aquí sin tener que justificarse”.
Por lo tanto, conocer a “alguien que haya salido adelante” impulsa el proceso de recuperación. El referente no es un héroe ni un relato de superación simplista, sino que lo encarnan unas características lógicas: similitud suficiente (tengo que poder identificarme con él). Su proceso debe ser una trayectoria, no un milagro (de poco valen las hazañas inalcanzables). Continuidad del daño (no negación del dolor; aceptación, no resignación).
En la construcción de relatos referencia es importante que estos devuelvan agencia sin invalidar la experiencia. Por eso un referente es una persona que “ha integrado” el dolor. Que convive con él.
Pero ¿dónde buscamos los referentes? ¿Dónde están?
Igual que el proceso de construcción identitaria es un proceso continuo, la búsqueda de referentes no acaba nunca. Necesitamos la caída de los ídolos (los nuestros también) para así permitirnos crecer en el cambio. En un mundo donde la evolución es la mejor adaptación, poner en jaque las prácticas que lo dominan y salir, libera. Fuera hay un espacio donde las normas se disgregan, donde son más flexibles, donde “cabe más”.
Los testimonios públicos, los relatos culturales alternativos, figuras disidentes, aquellos que rompen su silencio y se enfrentan a lo que es aceptable. Los referentes están en aquello que se comunica, por lo que hablar, abrirse, crear redes es fundamental.
Esos referentes pueden habitar en la ficción. La literatura, el cine, el manga, la pintura, la música. Allí donde haya una voz hay una posibilidad. La caracterización de un personaje es un acto imaginativo que, pese a partir de ideas preconcebidas, tiene la posibilidad de deformarlas. Nosotros somos elementos deformados.
Acernarnos a nuestra deformidad desde la curiosidad, a través de los otros, del espejo, puede convertirse en el encuentro con nuestro referente.